MCMLXI

Desde el patio ascendía -cual chimenea encendida- un teatrillo de voces infantiles tras el cancionero popular. Todo se había iniciado un día 7, acabando el invierno. Mucho después -oculta tras el murmullo del agua- la lectura susurrante del pez divergente: ciencias o letras. Ciencias para subsistir, letras para malvivir.

MGJuárez
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Postales para una anatomía

DEDOS.
Religiosamente, sin ser practicante de ninguna filosofía occidental, es que la mayoría de las veces se comenten los mismos errores. De forma pulsátil, como el martilleo escrupuloso de un artesano, es que se va esculpiendo –cincelada escritura-, esta conducta repetitiva y asfixiante.
Uno se cree que no, pero sí; paulatinamente se describe la misma orbita crepuscular de todos los inviernos: el regocijo alrededor de la lumbre, el libro entre los dedos ociosos, el cuenco de lápices despuntando la bóveda de los sueños. Y tú, escribiendo en el otro lado, repiqueteando –siempre espiritualmente-, el abecedario impoluto y breve de tu existencia.






CUELLO.
Levemente se aprecia el debilitamiento de la piel, su cuarteada textura, ahora impregnada por ese pegajoso deslizar de la sierpe. Esta -teñida de ocre presencia, el vaho exhalado al papel como huella perenne de un sortilegio extraño y caduco-, señala los pasos del texto. Son manchas perceptibles, resecas grietas que aunque excelentemente detalladas, transmiten la fatua presencia de una nada, de una sombra vacua.
El colmillo del ovíparo avispado muerde, a la vez que instila la tinta que corre por la autopista del miedo -a seguir errando-; y crece, se crece como voluta metálica por el frágil y desnudo cuello.


OJOS.
Torpemente el velo que cae de los párpados entela el brillante espectáculo del sueño. Ahí se reeditan mágicamente en miles de dimensiones este abecedario de huellas, que al despertar quieren dejarse –como un sello-, en las sábanas extendidas en la cima de un tendedero. En ese día esperado todo viene a redimirse en una nueva luz. Queda atrás la angosta sala onírica donde la bruma formaba un ácido recuerdo: descosidas tapas y un ninguneado texto.
Cae exhausta la noche, y cae el libro desde una mano; desde la otra el vacio de unos velados ojos, los de un pez muerto.